Este libro es complementario del anterior de Frances Tustin, Barreras autistas en pacientes neuróticos. La autora lo define como su contribución final al tema del autismo, al que lleva dedicados muchos años en el cultivo de la clínica y la teoría, y si por un lado ofrece sus conclusiones más recientes, por el otro representa un esfuerzo de afinar y depurar los conceptos que ella ha ido desgranando a lo largo de toda su obra. El afán de claridad conceptual y expresiva, y de enunciar consejos prácticos, es una característica señalada de este nuevo trabajo. El descubrimiento de la encapsulación autogenerada, que constituye la esencia del autismo, permite deslindar lo que es y lo que no es autismo con una mayor precisión diagnóstica. Considera Tustin que el autismo es consecuencia de la exageración de una respuesta protectora que a modo de reflejo automático es connatural a todos nosotros, pero que se vuelve patógena si se la convierte en una conducta masiva y excluyente. Desde luego, la autora trata del autismo psicógeno, pero en estas páginas se estudian afinamientos de su deslinde respecto de formas de causación orgánica. Para asistir al niño autista es preciso mirar el mundo con los ojos de él, y conseguirlo supone comprender que se ha concentrado en algunas de sus sensaciones corporales con exclusión casi completa de todo lo demás. La reacción protectora de encapsulamiento se ha producido como resultado de un trauma, la dolorosa conciencia de la separación corporal de la madre.
La hipótesis de Tustin no se enuncia en función de fases del desarrollo ni de posiciones, sino que atañe a estados de conciencia. Y se trata de estados de sensación, puesto que los sentidos son los órganos primarios de aquella. La escena donde trascurren los sucesos de trauma y consiguiente protección bajo la forma específica del encapsulamiento es anterior a la de los mecanismos defensivos cuya operación acaso conduce a otras psicosis infantiles. Ofrece la autora una nítida diferenciación entre los niños autistas y los de tipo esquizofrénico. Del mismo modo, entiende que la encapsulación, el mundo de sensaciones autogeneradas por el niño, impide que se constituya un complejo de Edipo, ya se lo entienda en su acepción freudiana clásica o en la definición de Melanie Klein. Los niños autistas no saben jugar, no pueden entrar en esa alternancia sutil de presencia y ausencia, puesto que su cápsula es siempre presente. Han fabricado el pecho materno como una parte de ellos mismos, después que en un momento de horror descubrieron su separación de este. Los niños autistas se cierran casi por completo a la comunidad humana.
La autora reproduce fragmentos de tratamiento de sus archivos, que escoge con deliberación para ilustrar cada una de sus tesis después que intentó dar de ellas una definición precisa. De esta manera se asiste al proceso de recuperación, con sus signos reconocibles, porque en efecto Tustin sostiene, y lo ha demostrado con su práctica clínica, que el austismo se puede curar. Este nuevo libro no pone el acento en el aspecto barrera del autismo, que es sin duda una cabal descripción de lo que se percibe en la imposibilidad de trato humano con el niño autista, sino que se ocupa sobre todo de sus funciones protectoras, lo que implica adentrarse más en el conocimiento del propio niño. Por último, Tustin enriquece su libro con aportes de otros profesionales.