Todo hombre, y sólo el hombre, crea mitos. ¿O más bien es el producto de una actividad mítica que lo sobrepasa y lo precede, inserta en la cultura en cuyo ámbito él nace a una vida específicamente humana? ¿No será acaso el mito, como el sueño, una transacción dentro de un conflicto en que se juega esa contradictoriedad de la criatura humana, desgarrada por las dos direcciones a que apunta el vivir: por una parte, la servidumbre frente a la naturaleza y el correlativo intento de dominarla, y, por la otra, la construcción de un ámbito nuevo (la cultura, la sociedad) y de una aventura absolutamente original (la historia), y de su registro? Ese centauro, ese Jano bifronte, ese ser esencialmente ambiguo que oculta y declara su verdad en el tejido de ficciones que inventa o que lo inventan, es, si no el autor, al menos el portador de la matriz del mito. Esa matriz que lo trasciende y estructura su vida comunitaria, esa matriz que es algo así como la cara oculta del mito, es justamente lo que el psicoanálisis ha desenmascarado.
De golpe, como en una iluminación, el mito se nos revela en su calidad de lenguaje, de mediación necesaria para la comunicación entre los hombres. Empezamos a entender que "el mito forma parte integrante de la lengua" (Lévi-Strauss) o que "el mito es una palabra" (Barthes).
Y es también, paradójicamente, la más fiel de las historiografías. El mito es lo que el ser humano ha inventado para cantar su extraordinaria hazaña sobre la Tierra. Cantar, y no relatar: porque en el mito hay algo más que un registro testimonial: hay la necesidad de apelar al verbo poético que permita, ya no la simple rememoración, la evocación mnémica, si no la presentificación, la re-presentación, la vigencia mágica de un deseo que supera a la necesidad biológica. El mito da cuenta de lo más específicamente humano que hay en el hombre, o sea, de aquello que no tiene que ver con su condición de Homo sapiens, de peldaño en la escala zoológica, sino con su condición de alucinado perseguidor de los inasibles objetos de su deseo, ese deseo con el cual termina por fundirse y confundirse. Es por eso que el mito es la expresión de una realidad "otra" que la naturaleza. El mito, la fabulación absurda, es, contrariamente a la acepción común del vocablo, una cara de la verdad.
No es entonces sorprendente que un psicoanalista, vocacionalmente fascinado por la búsqueda del sentido de un discurso, obsesionado por ver en cualquier manifestación de la conducta un lenguaje al que hay que traducir, mirando siempre en otra dirección —la del inconciente— esté a la pesca de las motivaciones que revelan esa realidad matricial que la vida privilegia. De ahí el sentimiento de que la verdad puede leerse en los mitos, luego de su traducción o desciframiento. Y esta tarea pasa así a representar, no un juego de psicoanálisis aplicado, sino el centro mismo de una investigación que intenta captar y poner de manifiesto un trasfondo que habla de la estructura de una comunidad cultural. Así como Freud decía que los sueños son la "vía regia" para acceder al inconciente, los mitos —de los que precisamente se sostuvo que son los sueños colectivos de la humanidad primitiva— son una vía de acceso para la comprensión de esa realidad que nos trasciende, expresada en un lenguaje grupal y sacralizado.
índice general
Prefacio
Introducción
Dioniso. Estudio psicoanalítico del mito y culto dionisiacos
Las sociedades secretas. Aproximación a su esclarecimiento
El coro y el héroe
Los tres roles del ser humano y la dinámica de su explicitación en la relación bipersonal psicoanalítica
Las angustias arquetípicas
El "espacio" de la magia
Fantasía y realidad del diálogo psicoanalítico
El dilema del psicoanalista
Hacia un psicoanálisis abierto
El significado inconciente de las fantasías orales
Significado del antisemitismo
Hombre contemporáneo: ¿Qué es eso?
Aportación para una teoría de la trasferencia
La construcción entre la historia y el mito
El psicoanálisis como método terapéutico
El malentendido acerca de la sexualidad infantil
Protomasoquismo versus deuteromasoquismo
Un prefacio, ¿para qué? Ocurre que, a lo largo de los años, fui indagando el mensaje oculto de ciertos mitos, el origen y el sentido del mito, fenómeno universal y específico de lo humano.
Todo hombre, y sólo el hombre —no el mero Homo sapiens de la zoología, que es una de las vertientes del ser humano, sino el hombre total, con su condición social, cultural e histórica—, crea mitos. Quizá sería más acertado decir que es creado por ellos. Siquiera en parte. Este hombre, actor y agonista de la actividad mítica, se oculta detrás del mito. Pero también —desciframiento psicoanalítico mediante— se nos revela a través de esa producción mítica en apariencia tan desconcertante.
Dije actor y agonista, y me contuve de escribir autor y protagonista. En efecto, uno de los problemas liminares que se le plantean al estudioso es el de la autoría del mito. ¿El hombre es realmente el autor de su producción mítica? ¿O, más bien al revés, el hombre es un producto de una actividad mítica que lo sobrepasa y lo precede, y que está inserta en la cultura en cuyo ámbito él nace a una vida específicamente humana? Y además, ¿es el hombre protagonista del mito, o más bien el escenario mágico en el que se debaten y luchan el protagonista y el antagonista que se le opone? Debemos preguntarnos en qué medida el mito es como el sueño, cuyo sentido —nos reveló Freud— es una resultante final, una transacción de un conflicto en el que estaría jugada precisamente esa condición contradictoria de la criatura humana, desgarrada, desde su misma aparición, por las dos direcciones a que apunta el vivir: por una parte, la servidumbre frente a la naturaleza y el correlativo intento de dominarla, y, por la otra, la estructuración de un ámbito radicalmente nuevo —la cultura, la sociedad—, de una aventura absolutamente original —la historia— y su registro. Este centauro, este Jano bifronte, este ser esencialmente ambiguo, paradójico, que oculta y declara su verdad en el tejido de mentiras que inventa (o que lo inventan), es, si no el autor, al menos el portador de la matriz del mito. Esa matriz que lo trasciende y que es, de alguna manera, supraindividual, cultural; esa matriz que estructura su vida comunitaria, esa matriz que es algo así como un tras-mito, la otra cara del mi-