Psicoanalista de la Escuela Freudiana de París —dirigida por Jacques Lacan— y filósofo por su formación, Octave Mannoni es ampliamente conocido en nuestro medio. Sus trabajos se integran en esa línea de relectura de Freud tan viva hoy en Francia, y a cuya aparición ha contribuido, sin duda de manera considerable, el moderno florecimiento de la lingüística estructuralista.
«Un filósofo podría sorprenderse de que Freud no haya concedido un lugar a la imaginación en su "aparato psíquico". Para desconcierto de la psicología clásica, lo que tiene un lugar en ese aparato es la alucinación en relación con el deseo. La imaginación sólo hace su entrada en él como alucinación criticada en nombre del "principio de realidad", pues si este condena las producciones alucinatorias, no por eso son ellas suprimidas. El principio de realidad está obligado a permitirlas con ciertas condiciones —con la condición de que sean negadas—. A semejanza del sueño, las acantona en "otra escena", según una expresión de Freud. Sin embargo, sería vano buscar esta "escena" en el aparato psíquico. Pero tampoco se la encuentra en el mundo real. Es como si en el mundo exterior se abriera otro espacio, comparable a la escena teatral, al terreno del juego, a la superficie de la obra literaria —y todo esto, en última instancia, consiste en un determinado uso del lenguaje y de la negación que él entraña—; y la función de esa otra escena, puede decirse, es tanto escapar del principio de realidad como someterse a él».
He ahí, expuesta con palabras de su autor, la idea central que une subterráneamente los veinte ensayos que componen el presente libro. Escritos de manera brillante, ellos conjugan una rigurosa reflexión sobre el análisis freudiano y un genuino espíritu de búsqueda, de descubrimiento inicial. En efecto, esa «otra escena», abierta para nuestro estudio por el método freudiano de la «interpretación», se nos ofrece en los más variados campos: el análisis mismo, pero también la literatura y el teatro. En ella gobierna la palabra, el juego del significante; es el ámbito de la imaginación y la fantasía, por cuya pérdida debe pagarse un alto precio: «La mayor locura se explica, sin duda —afirma Mannoni—, por una cierta manera de haber perdido esta otra escena, y lo fantástico es otra cosa que la disolución de la fantasía», de lo cual da testimonio el mundo en que vivimos.
Introducción
Ya lo sé, pero aun así...
La elipse y la barra
La otra escena
El análisis original
El hombre de las ratas
El hombre y la transferencia
La ilusión cómica o el teatro desde el punto de vista de lo imaginario
Itard y su salvaje
El afán de interpretar
La máscara y la palabra
Los sonámbulos
Relectura de Mallarmé
El malentendido universal
Otra vuelta de tuerca
La descolonización de mí mismo
Apéndice. El teatro y la locuraEs probable que los progresos de la lingüística permitan al saber positivo disipar antiguas y oscuras dificultades. La Idea de Platón, lo vemos hoy con evidencia, no era otra cosa que el Significante de De Saussure (¿habrá acaso que recordar que un mismo objeto puede decirse caliente y frío alternativamente, y que es su devenir el que adquiere un sentido en virtud de estas denominaciones? Pero las denominaciones en sí mismas, lo Caliente y lo Frío en sí —las Ideas de Caliente y de Frío— no tienen sino una relación de oposición). El átomo de los antiguos, el de Epicuro, no era por cierto más que una imitación del alfabeto. Empero, lo que la lingüística aporte a los filósofos será, en última instancia, algo de naturaleza muy distinta: un ser nuevo en el que se realiza por fin la imposible unión de la materia y el espíritu, y ello por la sola razón de que es el ser con el cual es posible negar el ser. Resulta de ello un nuevo estatuto para el sueño, la fabulación y el delirio. Todos ellos tienen sus plazas fuertes que el saber cerca y asedia en vano, hasta en los hospitales psiquiátricos. Por lo demás, el propio éxito de ese saber no podía menos que dejar un sitio abierto para alguien como Freud, quien, absolutamente fiel al ideal científico y no admitiendo ninguna realidad que no fuese positiva, experimentó no obstante la atracción invencible de los problemas que la ciencia de su tiempo desechaba: los del sueño y la locura, precisamente.
Freud buscó una solución por el lado de lo que denominó la Deutung, guiándose en lo posible por un secreto de polichinela, hasta entonces abandonado a los místicos que entraban en su juego o a los poetas que jugaban con él: cualquier cosa puede siempre representar cualquier otra. De esta posibilidad loca, precisamente, procuramos sin cesar defendernos. La teoría de «la arbitrariedad del signo», lejos de reconocer ese secreto, aparece más bien como el aterrado retroceso que el secreto provoca. Y aun esta prudente teoría puede llegar a inquietar.
No es extraño entonces que existan lugares, tanto en el mundo «real» como en el espíritu más «racional», donde los signos no se presentan solo como arbitrarios, en el sentido en que ya lo son en las más rigurosas de las ciencias, sino, por así decirlo, como signos en estado puro, es decir como engañosos sin que por ello puedan engañar a nadie. Una multitud, incluso oscura y vulgar, reconoce su verdad, que es también su ilusión, ante las mentiras del teatro, de sus sueños, de sus lecturas y sus pasiones. Por doquier, tanto en nosotros como fuera de nosotros puede siempre abrirse la escena donde lo que es es siempre otro.