Es difícil determinar frente a un libro como Fuerzas de destino de Christopher Bollas si descubre algo ya existente en el «mundo de vida» (teórico y práctico) instaurado en el pensamiento contemporáneo desde el «descubrimiento de lo inconciente» por Sigmund Freud o si trabaja sobre una de las especificaciones esenciales de ese mundo para proyectarlo más allá de sí mismo. Porque es evidente que además de su claro interés psicoanalítico el libro contribuye a la formación de una nueva antropología que se constituye ante nuestros ojos idea por idea en las vísperas del siglo XXI después que las grandes síntesis habían caído en descrédito en las ciencias del hombre desde comienzos del siglo XX.
El concepto que usa Bollas para especificar los sucederes de la sesión de análisis y aun la condición humana como tal es el de «propio-ser genuino», que toma de Winnicott. Pero enseguida es preciso aclarar que este «propio-ser» [self] no opera como una noche en la que todas las cualidades fueran indistinguibles, con desconocimiento de la teoría freudiana de lo inconciente, sino que de una manera natural resignifica a esta última, para lo cual Bollas recurre a la noción del «goce» según Lacan.
Este «propio-ser» sólo es un hacer-se a través de experiencias y por lo tanto tiene una historia. La insistencia del psicoanálisis contemporáneo en la trasferencia del aquí y ahora ha llevado a descuidar una dialéctica de los tiempos que Bollas en cambio estudia con fineza en la emergencia de un uso de objeto por parte del analizando, que es la elaboración de su idioma propio.
Es la reconceptualización del tiempo la que lleva a Bollas a introducir un distingo entre hado y destino. La persona que está enferma y llega al análisis a causa de síntomas neuróticos o de fracturas caracterológicas o de ideas y sufrimientos psicóticos puede ser vista como cautiva de un hado. El síntoma clásico es una suerte de oráculo:comprendámoslo por medio de asociaciones y del descubrimiento de su sentido latente, y quedaremos exentos de esa maldición auspiciada por su desconocimiento. Pero junto con el hado que una persona trae al análisis hay un destino que sólo puede ser un potencial cuya actualización dependerá menos del desentrañamiento detectivesco de la sintomatología oracular o del sueño que del movimiento hacia el futuro a través del uso del objeto, un desarrollo que los psicoanalistas denominan trasferencia.
Contenido de una narrativa y lógica de trato con el otro, interpretación de la trasferencia aquí y ahora y recurso a la historia, deconstrucción analítica y proceso elaborativo: he ahí polaridades que Bollas propone dialectizar para que no quedemos atrapados en alguno de sus términos.
Fuerzas de destino se divide en dos partes. En la primera, de presentación de conceptos, se muestra el uso espontáneo que el paciente hace del analista como objeto para formular y elaborar su idioma. En psicoanálisis, obran como objetos el encuadre, el proceso, los diversos elementos de personalidad del analista y aquellas ideas que él contiene como conceptos psicoanalíticos. Existe una apetencia de formular el propio-ser genuino, que Bollas denomina «impulso de destino» y enlaza con el ímpetu que lleva al propio-ser genuino a elaborar un potencial de personalidad.
En cuanto a los capítulos que constituyen la segunda parte del libro, tratan sobre cuestiones especiales (incesto, consumo de drogas, dialéctica de los tiempos en el hogar y en el trabajo) y desarrollan al mismo tiempo una idea expuesta en la primera parte. En ellos Bollas da testimonio de una originalidad potente pero situada en un fecundo encuentro de tradiciones: Freud, Winnicott, Bion, Lacan, Kohut, entre otros.
Agradecimientos Introducción
Primera parte
Una teoría del propio-ser genuino
El impulso de destino
Desde la pared
La celebración del analizando por el psicoanalista
La función múltiple del psicoanalista
Segunda parte
La personalidad de frontera espectral
«Hacer un viaje»
El anti-narcisista
El trauma del incesto
«No molestes a tu padre»
Registros históricos y proceso conservativo
Glosario Bibliografía
El trabajo psicoanalítico es fascinante en grado sumo. Tras años de análisis de formación y de tener la compañía inspiradora si exigente de diferentes supervisores, el psicoanalista se ve al fin librado a su puesto vocacional, sentado en ese particularísimo sillón detrás de aquel diván todavía más singular. A este puesto profesional el analista aporta las diversas destrezas adquiridas; está equipado con bibliotecas de modelos psicoanalíticos de la psique y teorías sobre motivación y proceso psíquico pero ¡cuán extrañamente esquivos para un uso obvio son tales factores en el momento en que el analizando entra en ese espacio y ocupa su posición! Es un fenómeno desconcertantemente complejo. ¿Lo entenderemos verdaderamente alguna vez? Yo lo dudo.
Hace años, un paciente, Jerome (descrito en el capítulo 2), me enseñó mucho sobre el uso de los elementos de psicoanálisis por el analizando. Lo hizo en razón de cambiar el uso que hacía de mí aunque es muy difícil discernir el modo exacto en que yo cambié. Me dejó pensando sobre el modo en que un análisis es capaz de proporcionar al paciente objetos trasferenciales que parecen facilitar la expresión espontánea por el paciente de elementos de lo sabido no pensado de su propio carácter. Jerome, como muchos analizandos, usó diferentes elementos de mi propia personalidad —factores que él conocía como rasgos comunes de una personalidad humana— para ejercer potenciales de personalidad propios. Más aun, cultivó los usos que de mí hacía suscitando una diversidad de elementos de personalidad que parecieron nutrir su propia instalación como persona.
Todo esto ocurrió en el curso de un trabajo analítico básico común y yo lo registré pero nunca conseguí explicármelo del todo. Simplemente pareció suceder como algo importante pero no analizable porque el empleo que él hizo de mí fue natural y no la acción de identificaciones proyectivas destinadas